18.11.12

Luis Moreno Ocampo: "El mundo está listo para detener los crímenes masivos pero no la corrupción"

Ex fiscal jefe de la Corte Penal Internacional, afirma que hoy los líderes políticos "ya no pueden cometer genocidios para conservar el poder", pero faltan herramientas para condenar a los corruptos

Primero fueron los testimonios del horror en el juicio a las juntas militares, escena fundacional de la recuperación democrática argentina, en la que Luis Moreno Ocampo se desempeñó como fiscal adjunto. Casi veinte años después, y en otras latitudes, escuchó relatos similares e investigó crímenes de guerra y delitos de lesa humanidad al frente de la Corte Penal Internacional (CPI), con sede en La Haya, institución que presidió durante nueve años, desde 2003 hasta junio de este año.
"Las víctimas agradecen ser escuchadas. La Corte da poder y transforma a las víctimas en testigos que van a hacer justicia contra los victimarios", afirma Luis Moreno Ocampo, quien confía en que esa institución pueda contribuir a la paz permanente en un mundo que tolera cada vez menos que "los líderes políticos aniquilen a sus enemigos para ganar poder o permanecer en él". Pese a la resistencia de los países más poderosos a ratificar el Estatuto de Roma, más de cien Estados, entre los que se cuentan los países de Europa, América del Sur y África, aceptaron ya las reglas de este sistema legal global.

Cuando Moreno Ocampo fue nombrado en la Corte Penal Internacional, renunció a su cargo de profesor visitante en la Universidad de Harvard, vendió su estudio de abogados a sus socios y renunció Transparency International y Poder Ciudadano, una organización no gubernamental creada en la primavera democrática para luchar contra la corrupción y de la que fue cofundador.
Años después de esa iniciativa cívica y a la luz de la experiencia, Moreno Ocampo cree que "el mundo está preparado para detener los crímenes masivos, pero no está preparado para detener la corrupción, que es más difusa, destruye la economía y les quita la plata a los pobres".
Después de rechazar el ofrecimiento de la FIFA para presidir la sala de instrucción del comité de ética, Moreno Ocampo se prepara para desembarcar en una firma de abogados, con sede en Nueva York, especializada en temas de corrupción privada, y acaba de ser designado por el Banco Mundial para liderar una comisión que investigará hechos de corrupción en torno a un crédito millonario otorgado por ese banco para la construcción de un mega puente en Bangladesh, y en el que están sospechados funcionarios gubernamentales de altísimo nivel. A la larga lista de reconocimientos, además, se le sumó el premio que recibió días atrás, de parte de Jewish World Watch.
¿Qué cambios introduce en el panorama mundial la Corte Penal Internacional (CPI)? ¿Cuán novedoso o singular es el papel de esta institución global?
-Después de siglos de vivir en guerra, en que la paz era sólo el período entre guerra y guerra; después de las dos guerras mundiales y el período de la Guerra Fría y la idea de amigo-enemigo, observo dos cosas: el mundo está evolucionando hacia un modelo en el que no hay enemigos, y los líderes políticos ya no pueden cometer crímenes masivos para estar en el poder. La regla que la CPI está queriendo implementar es nueva, empieza en los 70 y en ese sentido el juicio a las juntas militares en la Argentina fue una especie de primera vez: instaló la idea de que los líderes políticos no pueden ganar poder o quedarse en el poder matando enemigos. Eso pasó en toda América latina, empezó a pasar en África, sobre todo en Sudáfrica, que lideró este proceso, aunque es cierto que todavía hay muchos líderes en la región que matan a sus enemigos, y está pasando con la "primavera árabe". No es una revolución ideológica, no están planteando un modelo económico alternativo, sino una revolución de gente que quiere tener dignidad, nada más. Hay un movimiento mundial que avanza en contra de la violencia política y, en ese sentido, la Corte es una institución que está adelante, en la frontera. La CPI es fascinante porque permite ver la realidad no ya de un país, sino del mundo entero, y no en 5 años, sino en la perspectiva de siglos.
Sin embargo, los países más poderosos no han ratificado el Estatuto de Roma y no reconocen la jurisdicción de la Corte.
-Es lógico que sean los países más débiles los que busquen ampararse en la ley y tener protección de la Corte y los poderosos le escapen a eso. Cuando Naciones Unidas empezó, eran 60 países y ahora están todos. Tardaron 50 años. Este proceso también va a tardar años y tiene que demostrarse que el sistema funciona. Dos meses antes de mi asunción, en junio de 2003, había empezado la invasión a Irak. Bush tenía una posición muy hostil a la Corte porque consideraba que representaba un conflicto a la posibilidad de enviar tropas. La Corte terminó ocupándose de Libia y Khadafy, y años después, en febrero de 2011, todos los países, incluso China, Rusia y EE.UU., que no son países miembros de la Corte, votaron que había que hacer justicia en Libia.
Pero el caso de Siria es diferente.
-Sí, el caso de Siria es complicado y diferente. Sin embargo, una de las cosas que fueron cambiando es que la revolución de la "primavera árabe" en Túnez, y en particular en Egipto, generó un cambio en la Liga Árabe. Y la Liga Árabe estuvo reclamando justicia en el caso de Libia y está reclamando justicia en el caso de Siria. Los organismos regionales cambiaron y lo más interesante en términos de relaciones internacionales es el cambio de paradigma: antes, Estados Unidos era el poder hegemónico y absoluto y podía invadir países. Eso se acabó. Estados Unidos sigue siendo la principal potencia mundial, pero cuando el conflicto no le interesa, no interviene como lo hacía en la Guerra Fría. Hoy se ocupa de sus problemas internos e interviene sólo en sus ejes estratégicos, Afganistán, Irak e Israel; Europa se ocupa de sus problemas internos y China hace negocios, pero no se mete en las cuestiones políticas de los demás países. Lo que pasa es que, básicamente, el mundo no está en manos de nadie en particular, y el manejo de la violencia está en manos de los grupos regionales.
Su primer contacto con genocidas y crímenes de lesa humanidad fue en el juicio a las juntas. ¿De qué manera su experiencia como fiscal en ese juicio influyó en su trabajo en la Corte?
-Yo aprendí a investigar crímenes masivos en el juicio a las juntas y eso lo extrapolamos a la experiencia de la CPI, pero hay diferencias. El Juicio a las Juntas fue parte de un cambio social. Quizá la gente se olvida pero antes del juicio hubo elecciones que Alfonsín ganó porque, entre otras cosas, propuso juzgar a las Juntas y la primera ley que votó el Congreso argentino, votada incluso por gente como Alsogaray, fue dejar sin efecto la amnistía decretada por los militares. Y el primer decreto de Alfonsín fue ordenar el juicio a las Juntas. Los jueces le pusieron la frutilla al postre a algo que ya estaba decidido por la sociedad argentina. Hubo una decisión política de hacer juicio y además esa decisión estuvo apoyada por la sociedad. No fue la decisión aislada de un político. Hubo una decisión política de la sociedad que dijo "basta".
¿Y cuáles son las diferencias a las que alude en el caso de la CPI?
-Es diferente porque la comunidad mundial es muy heterogénea, tiene una variedad infinita y es más volátil: en poco tiempo puede cambiar todo. La gente no sabe muy bien qué pasa en Darfur, o qué pasa en Libia, y para ella ésos son conflictos lejanos y ajenos. En la Argentina y en los juicios a las juntas había compromiso social y político por parte de todos de llevarlo adelante y eso no sucedió de entrada con la Corte. Otra cosa que pasó en la Argentina y de la que aprendimos es que se empezó por los jefes, que es por donde hay que empezar. En los tribunales de Yugoslavia y Ruanda, que fueron experiencias internacionales posteriores, empezaron a juzgar a los de abajo, para luego subir. En la Conadep había 1500 personas denunciadas. ¿Cómo se selecciona para investigar entre 1500 personas? La ley no te permite diferenciar. En 1987 me encontré con Ben Ferencz, que fue fiscal en Nuremberg, y le pregunté cómo habían hecho para elegir entre todos los casos y él me contestó que habían elegido veintidós.
¿Por qué veintidós?
-Bueno, yo también esperaba que me dijera cuál era la regla que habían aplicado para elegir 22 entre 10.000 y me dijo: "Es que había 22 sillas en el tribunal de Nuremberg" (risas). De eso aprendí que no hay regla, y que si empezábamos a juzgar a los de abajo, no íbamos a terminar nunca porque los crímenes masivos los cometen miles de personas a las que les resultaba muy difícil decir que no. Entonces, habiendo aprendido de la experiencia argentina y de la historia de las 22 sillas, supe que en la Corte debíamos juzgar a los máximos responsables y a nadie más. El resto será juzgado por el sistema nacional de cada país. La Argentina es un buen ejemplo, juzgó a 25 líderes y aún hoy, 25 años después, hay juicios, aunque ya no tienen el impacto que tuvieron los juicios a las juntas.
Primero, los relatos del horror en el juicio a las juntas y, luego, en la Corte Internacional. ¿Cómo se convive con eso?
-Cuando uno habla con las víctimas, las víctimas agradecen siempre. Cuando la Corte investigó los crímenes de Darfur, estuvimos con un señor que vivía en los campos de refugiados en Chad y nos contó que fueron a su casa, le quemaron la casa y lo obligaron a ver cómo violaban a su mujer y su hija de ocho años. Y cuando terminó de contar esta historia nos dijo que se iba a poder morir tranquilo: porque lo dijo y porque confía en que se va a hacer justicia. La Corte da poder y transforma a las víctimas en testigos que van a hacer justicia contra los victimarios. Eso es lo gratificante. Lo duro es ir a Nueva York a hablar con los diplomáticos que ignoran lo que pasa. Son lógicas diferentes y ésa es la parte más dura de esta actividad. Los diplomáticos a veces no lo entienden y no lo quieren ver porque están acostumbrados a negociar y a hacer acuerdos. Ése es su modo de manejar los conflictos. En un sistema nacional, los políticos responden a la gente; en el sistema global, los embajadores tienen que negociar con otros embajadores todo el tiempo y negocian una vez el genocidio y a la tarde negocian el petróleo. A la mañana están en contra del presidente de Sudán y a la tarde necesitan un acuerdo con Sudán. El desafío de la Corte es cruzar esas agendas y evitar que se negocie cuando hay crímenes masivos. Si la justicia es proteger a los más débiles, éste es el comienzo de una justicia global.
¿Todavía tiene esperanzas de que la humanidad evolucione hacia un mundo sin masacres, con menos crueldad?
-Creo que la humanidad progresa. Es cierto que lo hace a costa de masacres y a través de los siglos, con pasos hacia adelante y hacia atrás, por eso es difícil percibir el progreso. Pero creo que la creación de la Corte es el resultado de ese progreso. La Corte en 2003 era una idea. En 2012, es una realidad que afecta a mucha gente con poder. La Corte define qué es un criminal, y no importa quién comete el crimen, sea o no jefe de Estado. Y los jefes de Estado ya no tienen inmunidad. Este tipo de instituciones imparciales no impiden que haya crímenes, pero impiden que los crímenes se multipliquen.
Detrás del acto de corrupción no siempre hay delitos de lesa humanidad o crímenes de guerra, pero detrás de los delitos de lesa humanidad siempre hay, además, corrupción y enriquecimiento ilícito. ¿Qué relación advierte entre una cosa y otra?
-Son dos formas de abuso de poder, básicamente. El mundo está listo para detener los crímenes masivos, pero no está listo para detener los actos de corrupción, que es más difusa, destruye la economía y les quita la plata a los pobres. La corrupción es el juego de la elite en todo el mundo. Hay un caso que lo muestra bien. Hay una jueza francesa que hace más de doce años investigó a la petrolera francesa Elf y descubrió que le pagaba sobornos a Dos Santos, el presidente de Angola. Eso está probado. Ella descubrió, siguiendo el camino de los fondos, que el presidente devolvía la mitad de los sobornos al presidente de la petrolera. O sea, el presidente de Elf recibía la mitad de los sobornos de parte del presidente de Angola. Entonces, es un negocio de la elite.
- El año que viene se cumplen treinta años de recuperación democrática. ¿Qué reflexión le merece este camino recorrido por la Argentina?

-La Argentina sigue sin violencia política y eso es un logro enorme. Cuando hicimos Poder Ciudadano para ocuparnos del tema de la corrupción nos era difícil encontrar una persona de derecha democrática. Era 1988, éramos un grupo reducido de diferentes sectores y no encontrábamos un líder de derecha democrático, y lo invitamos a Manolo Mora y Araujo, que considerábamos que era el único. Ahora no hay ese problema, no hay gente de derecha que se oponga al sistema democrático. En ese sentido, estamos consolidados. Es cierto que hay debates públicos duros y supongo que sería bueno buscar las formas de la integración, pero me parece que estamos en eso. La gente puede discutir y eso es parte del ejercicio democrático. En definitiva, la democracia es un sistema que te permite convivir con tu enemigo.

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